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jueves, 26 de mayo de 2011

Estos días que llegan y pasan deprisa, uno detrás de otro, como días perdidos porque la vida no vale. Qué terrible dejarlos pasar sin que nos digan algo. Ayer invocabas una lluvia deseada, y hoy el agua trae el deseo de una lluvia diferente. Sólo han sido unas gotas pequeñas, tan dispares las unas de las otras. El cielo ocupado por la bruma y el calor, como si alguien estuviera encendiendo unas brasas. Pero, ¿ qué has hecho hoy que merezca guardarse? . 

miércoles, 25 de mayo de 2011

Llueve sol. Bajo las sombras respiro el aire todavía limpio, sin barro que ahogue. Las hojas del jazmín reposan en la tapia. Abiertas las rosas resisten el resplandor del muro, la soledad que se esconde tras una ventana cerrada a cal y canto. Duermen aquellos que tienen la conciencia tranquila. O duermen sólo los enloquecidos, los apartados del mundo, lejos de esta visión que me obliga a cerrar los ojos, a pensar que las lluvias del verano llegarán pronto, sabiendo que no podrán llegar hasta el otoño.

martes, 24 de mayo de 2011


Pilar y Rafael llegaron a Almería el sábado . Se alojaron en un hotel de Aguadulce que ya conocían de algún otro verano. Vienen frecuentemente a estas playas buscando la tibia calma de las primeras horas de la mañana, y las últimas de la tarde, cuando el sol se aleja y el calor concede una tregua. Los granadinos siempre se encuentran como en casa en estas tierras de Almería, y eso se nota en la naturalidad con la que se mueven, en sus gestos, en sus pasos. El sábado almorzamos juntos en un chiringito del paseo marítimo, junto a la playa. La conversación fue desde el primer momento como la de los viejos amigos que se reencuentran al cabo de los años, y tienen demasiadas cosas que contarse. Y sin embargo apenas nos conocíamos. La primera vez que vi a Rafael fue cuando recogí los ejemplares de mi  libro Vía Nova, allá por el año 2001 , en el servicio de publicaciones de la Diputación de Granada, donde trabajaba. Luego estuvimos juntos en el Palacio de los Condes de Gabia , la noche en la que Miguel d´Ors me acompañó en la presentación del libro, allí estaba mi querido Carvajal, responsable  de la edición. Después , habíamos hablado por teléfono en dos o tres ocasiones, poco más. Y sin embargo el sábado tuve la sensación de volver a ver a unos viejos amigos , tanto Pilar como él, fueron entrañables, por su cercanía y su generosidad.  La conversación se alargó hasta muy tarde. El mar, recortado por un amplio ventanal sin cristales, estaba tan luminoso, que entraba hasta nuestra mesa. Tras los cafés y algún cigarillo decidimos alargar la tarde paseando por Villa África. Fue entonces cuando hablamos de poesía. Rafael Juárez es un poeta que decidió un día no vivir de la poesía. Su obra es la de un poeta alejado del mundo, de la corte . Sus lectores lo saben. Poesía verdadera. Un clásico. La lectura que hizo el lunes en el Aula fue inolvidable.
 Sábado, 21 de mayo. Desde Abrucena seguimos un camino de montaña hacia la sierra. Íbamos en busca del encinar situado a mayor altitud de toda la península, aproximadamente a 1.500 metros. La sierra sin nieve se descubría desnuda. En lo alto el sol acariciaba las rocas, y ni siquiera las nubes eran una amenaza seria. Entramos en un escarpado bosque de encinas que crecen en los bordes rocosos, detrás de un rastro cierto que nos llevara hasta los boletus que nacen entre los chaparros. Dos ejemplares se escondían sin dejar al descubierto más que una mancha ocre, y una piel lisa.

Fueron los primeros que cogimos. Después seguimos otro rastro, el de la pata de perdiz, más abundante entre la pinaza , aunque también nacen cerca de las encinas, bajo su manto protector. Eran ejemplares jóvenes, y sanos. En el bosque la mañana se mecía sin  prisa, ajena a la discordia , al ajetreo de los hombres, a sus horarios y  obligaciones. Dos hombres y un perro, lejos del mundanal ruido, en el bosque que guarda, después de siglos la misma naturaleza. Hubo un tiempo para el amor y un tiempo para la guerra, pero aquí nadie supo nada. El sol deslumbraba entre las ramas poderosas, y se encendía en la corteza , como si fuera un friso de piedra esculpido por hábiles artesanos. Hombre y universo, en un sueño imposible.

Para Francisco Peralta.

jueves, 19 de mayo de 2011


Pocos elementos, unos erizos de castaño, unos palillos de hilar a mano y una vieja fotografía en blanco y negro, de pie, sobre un paño. Después elegir el lugar donde deben reposar, y el horizonte que queda detrás. La piedra sostiene y delimita. Luego situar cada cosa esperando que encuentren su lugar, y dejar que los ojos vean algo que no existía antes. Esperar que la luz no distraiga, y que llegue el hálito hasta el altar, y arrodillarse para sentir la humildad como una gracia. Un pequeño homenaje a Toni Catany.

martes, 17 de mayo de 2011



No hace tanto tiempo. Al principio supuse que no veía un muro protegido desde la infancia. Entonces era frecuente ver las tapias armadas con sus defensas. Siempre creí que aquello era una reminiscencia de otra época, quizás de la posguerra, cuando había que persuadir a los ladronzuelos para que eligieran otro huerto, aunque los frutos no fueran tan tentadores. Pero no, de eso no hace tanto tiempo. Esta tarde mientras esperaba mi turno en los aparcamientos de uno de esos sitios donde inspeccionan los vehículos me fijé en los árboles que asomaban detrás de una tapia, era una finca que conservaba un gran aljibe para el riego, ya seco. Tuvo que ser, me dije, una gran hacienda, con cultivos y frutales. Pero ahora quedaba limitada, encerrada entre nuevas construcciones. El nombre del paraje Zamarula me resultó curioso. Toda esta extraña toponimia, El Marraque,  El Chuche, rememora lo que fueron grandes fincas, hace apenas medio siglo, pequeños oasis con sus grandes propiedades cerca de la vega. Aquellas familias afortunadas hacían su vida intramuros. Afuera quedaba el mundo, y para sentirse seguros no bastaba con la ley y las fuerzas del orden. Todo servía para persuadir a los necesitados. Hoy esta tapia es una falsa alegoría, pues qué puede quedar del pasado, sólo sombras.    

lunes, 16 de mayo de 2011

Nunca sentí molesta la mano del viento, ni siquiera en los días más tórridos del verano cuando el levante asola, y obliga a esconderse. Me acostumbré a su terca insistencia, a su revuelta, quizás porque la luz disminuía su presencia, invadiéndolo todo. Este viento del noreste, ahora que llevamos unos días con los cielos cubiertos de nubes extranjeras y el sol duerme en algún lugar, deshace la calma y acentúa el desánimo. Los días siguen siendo ajenos al lugar aunque la humedad se refugie como siempre en nuestros cuerpos. Puedo permanecer lejos de lo que pasa, pero este viento insiste en traerme cada tarde el recuerdo, y entra dentro de mi con toda su furia.