Una Teoría del no mirar, esa que predica José Carlos Cataño en su diario, como una tabla de salvación sobre las aguas profundas, sobre los actos innecesarios. Si sólo con cerrar los ojos alcanzas a encontrar seguridad , y no tuerces el paso, para qué estos ojos que esconden lo que ven, desasistidos, huérfanos, en su creencia de saber que el mundo se aparta a cada paso. No mirar para que nada, ni nadie, tenga la confianza de saberse nuestro verdugo.
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jueves, 8 de septiembre de 2011
¿Oyes los silencios ? Cómo acuden hasta ti, de noche, y cómo murmuran. Algunos deciden sin motivo exculparte, otros en cambio, adivinan el lugar donde mas duele. Ellos saben cuánto tienes que ocultar, cuánto debes callar para que nadie sepa de ti, lo que tu ignoras. Ruedan veloces los segundos, acarician la oscura distancia que tu te empeñas en negar. Luego, la dulce voz del sueño cerrará esta caja de pérdidas, recogerá las cosas abandonadas buscándoles un lugar, tranquilo, lleno de silencios para ellas.
martes, 6 de septiembre de 2011
Tras una tregua, inesperada, que siempre resultó un engaño, vuelven los días de septiembre terriblemente húmedos, como si rezumara una herida abierta. Elijo al azar una palabra que cuente su historia, también ella tiene derecho a desangrarse. Y si es con luz el dolor parece menos profundo. Ese es el engaño, descubrir la muerte bajo las gotas de sudor y el sol abrasador sin la compañía al menos de esa niebla que va cerrando los ojos para que te acostumbres, para que puedas ir aceptando la pérdida. Y te consueles.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Prados iluminados un instante, mientras las nubes caminan deprisa hacia Caldelas. Sobre el Pedroso parecen mirarse como yo las miro, como se miran dos conocidos, después de transcurrido el tiempo. Agosto lleno de falsas ilusiones se enciende en las hojas, en ese traje efímero que las ramas abandonarán pronto. Y sin embargo su resplandor permanece más allá de las horas, de los días vividos.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Al fin llegaron, de noche, cuando el sueño nos aleja de la verdad y el daño. Casi silenciosas como animales nocturnos que cruzan el bosque sin ser vistos. Luego precipitándose sobre el asfalto, exhausto de calor veraniego, y de la insoportable sequedad del aire. Oí las gotas derramándose, repiqueteando como en un timbal unos finos mazos metálicos. Volvían a estas tierras del sur, tan necesitadas de frío como un cuerpo torturado por la voluptuosidad del día. Y abrí las hojas de mi ventana para que el agua entrara hasta muy adentro. Luego me ví bajo las aguas, dormido al fin, sin ningún deseo de volver a la vida.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Para o Brístol Club dancing
De aquella vieja ciudad, que el Douro reanima permanentemente como queriéndole insuflar a los días algo de un viejo esplendor ya perdido, solo quedan esas dos ilustraciones de Jorge Barradas publicadas en la revista lisboeta ABC, compradas en una librería de viejo. El resto permanece en algún lugar de la memoria, pues son caprichosas las suertes del destino y uno no sabe nunca hacia qué orilla lo llevará la corriente. Oporto oculta más de lo que muestra, como si quisiera guardar para sí misma lo mejor de su pasado. Hubo un tiempo en el que parecía bondadoso el mundo a los ojos de los portuenses, era la época, años veinte, en que la ciudad se reflejaba glamurosa en aquellos Dancing Clubs. El Brístol tuvo que tener también su homólogo en Oporto. Allí las jóvenes lusas se encandilaban por la belleza que llegaba de Europa, de la mano de un art déco que realzaba la elegancia al mismo tiempo que el sueño de una cierta libertad.
Lo que vimos nosotros eran sólo sombras de aquellos años. Como turistas fuimos recorriendo las calles del barrio portuario, adentrándonos en las humildes casas que miraban el río. Luego descendimos hasta el muelle para subirnos en una de esas barcazas que pasean a los extranjeros casi hasta la desembocadura. Cerrando los ojos una gruesa brisa nos trasportaba más lejos, hacia otra ciudad, hacia otro tiempo. Era el 11 de agosto , el mismo día en que había salido a la venta aquella revista , 84 años antes. Cuando descendimos de la barcaza nos dirigimos al Bristol, la noche comenzaba a adornarse con antorchas de gas, oímos la música que sonaba en la terraza, animosa, feliz, de recibirnos. Y entramos dichosos.
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| Jorge Barradas. ABC, 25 noviembre de 1920 |
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| Jorge Barradas. ABC , 11 de agosto de 1927 |
martes, 30 de agosto de 2011
En el bosque de la razón.
Como un caparazón que no alcanza a comprender lo que pasa más allá de él , porque sigue permanentemente extasiado, imantado sobre un centro al que debe proteger, así me siento. Como una pequeña pieza perdida en un bosque, donde la maleza ha crecido desde el último otoño y cubre la epidermis de la tierra, y esa pieza sigue oculta en algún lugar, así me siento. Sé lo inmenso que resulta lo medible, y el poco tiempo del que dispongo. Contar cada una de las hojas, cada uno de los nudos escondidos en los árboles, sería tarea inútil. Y sin embargo ése es mi deseo, una suerte de ser no sólo circunstancia, no sólo deriva, sino ser el que cuenta, y tiene en el número una partida, una razón para seguir el ritmo, como si fuesen pasos orientados hacia algún lugar, donde no perderse, donde mantener despierto el pensamiento, aunque sigan cerrados los ojos, y ronde el sueño.
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